Diario de a bordo · Día 1 · Doñana

La fotografía que trajo el viento

Doñana
Foto: Redrain, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons

Aquella mañana el viento trajo algo que no era polen ni semilla. Bajó dando vueltas sobre la laguna, rozó los juncos y se quedó flotando a un palmo de mi hoja: un cuadrado de papel brillante, mojado por una esquina. Me posé encima con cuidado, como quien pisa un tejado ajeno.

Era un mar. Un mar tan azul que parecía inventado, una playa con palmeras inclinadas hacia el agua y, al fondo, una montaña que echaba humo como si estuviera pensando. Al darle la vuelta, con letras gastadas, una sola palabra: Hawái.

No sabía dónde estaba Hawái. No sabía casi nada de lo que había más allá de la marisma. Sabía, eso sí, lo que había detrás de mí: el estanque viejo de los juncos, el que se secó el verano de la tormenta. Mis padres se fueron con aquella tormenta. Desde entonces, la que me cuida es María. Ella me enseñó a secarme las alas al sol, a distinguir el agua buena de la que engaña y a no fiarme de las nubes que llegan demasiado deprisa.

Le enseñé la fotografía. La miró mucho rato sin decir nada, que es lo que hace María cuando algo le parece importante.

—Está muy lejos, Dalia —dijo al fin—. Al otro lado de todo.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Y luego, más bajito—: Dicen los mayores que las libélulas vivimos poco tiempo. Por eso cada día cuenta. Razón de más para que tu vida entera sea un gran viaje.

Me fui a dormir con la foto debajo de un ala y con una decisión tomada: si iba a cruzar el mundo, primero tenía que despedirme de mi casa como se merecía. Un día entero. Un vuelo entero.

Salí antes del amanecer. La marisma de El Rocío estaba quieta como un espejo, y en el espejo flotaba la ermita, blanquísima, del revés. Los caballos pastaban con el agua por las rodillas y, cuando el sol asomó, una línea rosa se levantó del agua toda a la vez: cientos de flamencos cambiando de sitio sin prisa, como si el cielo les debiera algo.

En la laguna del Acebuche me esperaba una sorpresa. Entre los carrizos caminaba un pájaro enorme, de patas rojas, con el plumaje del mismo color que mis alas. Morado. Me quedé tan quieta que casi me caigo de la rama.

—Calamón —se presentó, sin dejar de comer—. No te asustes, no muerdo libélulas. Casi nunca.

Nunca había visto a nadie de mi color. Él tampoco, me dijo. Nos miramos un buen rato, como dos que se reconocen en un sitio lleno de desconocidos.

A mediodía volé hacia el mar y encontré las dunas que caminan. Nadie te lo cuenta, pero en Doñana la arena se mueve: el viento la empuja tierra adentro unos metros cada año, y las dunas avanzan despacio, tragándose pinos enteros. Vi las copas asomando de la arena como manos que piden ayuda. Pensé en lo pequeña que era yo y en lo grande que era el viento, y por primera vez me dio un poco de miedo el viaje.

Por la tarde busqué sombra en el monte, entre alcornoques y jaguarzos, y fue allí donde lo vi. No hizo ruido. Estaba tumbado en un claro, con las orejas rematadas en dos pinceles negros y la cara enmarcada por unas patillas de abuelo. Un lince. El gato más raro del mundo me miró con unos ojos del color de la miel. No dijo nada. No hacía falta: parecía saber que yo me iba, y parecía saber también que todos los que se van de Doñana vuelven alguna vez, aunque sea con el pensamiento.

Regresé a los juncos cuando el cielo se ponía naranja. María me esperaba. Le conté lo del calamón, lo de las dunas, lo del lince. Ella escuchaba moviendo las antenas, y cuando terminé solo dijo:

—Entonces ya te has despedido bien.

Esa noche, mientras las ranas cantaban, miré hacia el mar. Muy lejos, sobre el horizonte, había una nube negra que no se movía como las demás. Retumbó una vez, bajito, como una garganta que se aclara. Sentí que algo, allá lejos, me estaba mirando.

Al alba, guardé la fotografía, extendí las alas y no miré atrás. No sé cuánto dura una vida de libélula. Sé cuánto dura un día en Doñana: lo justo para querer volver.

Mañana, el río me llevará hasta el mar.

— Del cuaderno de Dalia. Relato de Oscar Lobato Ruiz basado en su libro inédito «Dalia la libélula morada».

Doñana sin alas: cómo vivirlo tú

Datos revisados el . Horarios y precios pueden cambiar: confírmalos antes de ir.

Doñana en dos minutos

Doñana es uno de los humedales más importantes de Europa: un mosaico de marisma, playa virgen, dunas móviles y monte mediterráneo entre Huelva, Sevilla y Cádiz, en la desembocadura del Guadalquivir. Es Parque Nacional desde 1969, se amplió con el Parque Natural en 1989 y la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1994. Según la tradición, el nombre viene de Doña Ana de Silva y Mendoza, esposa del séptimo duque de Medina Sidonia, dueño de estas tierras de caza.

Aquí vive una de las últimas poblaciones de lince ibérico y del águila imperial, y cada invierno llegan cientos de miles de aves desde el norte de Europa. El calamón de la historia existe: es ese pájaro morado de patas rojas que se ve en las lagunas de El Acebuche.

Cuándo ir

  • Primavera (marzo a mayo): la mejor época. La marisma tiene agua, hay flores, crías y temperaturas suaves.
  • Otoño e invierno: llegan las aves invernantes (ánsares, patos, flamencos). Ideal si te gusta la ornitología.
  • Verano: mucho calor y la marisma suele estar seca; reserva las visitas a primera hora.
  • Ojo con la Romería de El Rocío (en Pentecostés): la aldea se llena y los centros de visitantes cierran esa semana.

Cómo llegar

  • En avión: el aeropuerto más práctico es Sevilla, a algo menos de una hora en coche de El Rocío. Si vas por el lado de Sanlúcar, mira también Jerez.
  • En tren: hasta Sevilla y, desde allí, coche de alquiler o autobús a El Rocío.
  • En coche: es la forma más cómoda de moverte entre centros de visitantes, El Rocío, Matalascañas y Sanlúcar, que están separados por el río.

Dónde dormir

  • El Rocío: calles de arena, caballos atados a la puerta y la marisma enfrente. Es el sitio para ver el amanecer de la historia.
  • Matalascañas: playa larga y alojamientos junto al Centro de Visitantes El Acebuche, de donde salen las rutas en 4x4.
  • Sanlúcar de Barrameda: en la otra orilla del Guadalquivir. Langostinos, manzanilla, atardeceres sobre Doñana y el barco que cruza al parque.

Qué hacer

  1. Ruta en 4x4 por el interior del Parque Nacional desde El Acebuche: unas cuatro horas y unos 70 km por playa, dunas móviles, monte y marisma con guía. El interior del parque solo se visita con empresas autorizadas y hay que reservar; en primavera las plazas vuelan. El precio ronda los 35-40 € por persona: confírmalo al reservar.
  2. Barco por el Guadalquivir desde Bajo de Guía (Sanlúcar): el Real Fernando remonta el río unas tres horas y media con parada en el Poblado de la Plancha. Hay un itinerario combinado que cruza en barcaza, recorre el parque en 4x4 y vuelve navegando.
  3. Centros de visitantes gratuitos: La Rocina, junto a El Rocío, con el sendero del Charco de la Boca; el Palacio del Acebrón, siete kilómetros más allá, una casa-palacio de los años sesenta con un paseo de kilómetro y medio por el bosque de ribera; y El Acebuche, con observatorios sobre la laguna donde se ven calamones.
  4. Amanecer en el paseo de la marisma de El Rocío: gratis y probablemente lo mejor del viaje.

Consejos

  • Lleva prismáticos, agua, gorra y repelente, sobre todo en primavera y verano.
  • Madruga: las primeras horas son las mejores para ver fauna.
  • No salgas de los senderos señalizados y no des de comer a los animales.
  • Para ver el lince, la ruta en 4x4 es tu mejor opción, pero ninguna empresa puede garantizarlo: es un animal escaso y discreto.
Doñana

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Enlaces de afiliado de Trip.com: si reservas, recibimos una pequeña comisión sin coste para ti. Foto: Teresa van Oorschot, CC BY-SA 4.0.

Preguntas frecuentes

¿Se puede visitar Doñana gratis?

Sí, los centros de visitantes y sus senderos (La Rocina, Palacio del Acebrón, El Acebuche) son de acceso libre. El interior del Parque Nacional solo se recorre con visitas guiadas de empresas autorizadas, que son de pago.

¿Cuál es la mejor época para ir a Doñana?

La primavera, de marzo a mayo, cuando la marisma tiene agua y el tiempo es suave. En otoño e invierno es el mejor momento para ver aves invernantes.

¿Dónde alojarse para visitar Doñana?

En El Rocío si quieres estar frente a la marisma, en Matalascañas para combinar playa y la ruta en 4x4 desde El Acebuche, o en Sanlúcar de Barrameda si prefieres entrar al parque en barco.

¿Cuál es el aeropuerto más cercano a Doñana?

Sevilla es el más práctico para El Rocío y Matalascañas, a algo menos de una hora en coche. Para Sanlúcar de Barrameda también sirve el de Jerez.

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